El preconteo oficial dio un virtual empate técnico, con menos de un punto de diferencia a favor del candidato ultraderechista, que Iván Cepeda podría revertir en el escrutinio final. En una región en disputa, la experiencia del Pacto Histórico tiene mucho que aportar. Apuntes para interpretar lo que sucede en Colombia en clave continental.
Por Pablo Solana, desde Bogotá, especial para Lanzas y Letras.
La movilización popular
durante la campaña de Cepeda y Quilcué tuvo escenas conmovedoras en todo el
país, lo que hacía prever el repunte que finalmente sucedió: la izquierda
cosechó casi 3 millones de votos extra entre la primera y la segunda vuelta, un
crecimiento mucho mayor que el de la derecha, que en gran medida se estancó.
Sin embargo, el preconteo oficial dio 250.000 votos a favor de De la Espriella,
una cifra que el Pacto Histórico impugnó. Cepeda deberá esperar al
escrutinio final para saber si alcanza a revertir esa distancia.
Las clases dominantes de
Colombia aceleraron la estrategia para dar por definitivo el conteo provisorio.
Medios de comunicación, políticos varios y las maquinarias pagas que mueven las
redes sociales buscan cristalizar la idea de que Colombia ya tiene nuevo
presidente. El Pacto Histórico salió a remar contra esa marea agitada desde el
poder real con una convocatoria a fiscales y abogados, a lo que se suma, en
algunas ciudades, movilizaciones desconociendo el preconteo parcial.
A esta altura, será
difícil evitar que alguno de los dos bloques sociales y políticos en los que
está dividido el país –al igual que graficaron otras elecciones
latinoamericanas– salga a denunciar fraude. Quien finalmente pierda, lo hará.
Pero la balanza está inclinada: la leyenda popular atribuye al caudillo
asesinado Jorge Eliécer Gaitán la expresión “en Colombia el pueblo vota hasta
las 4 de la tarde, y después vota la Registraduría”, institución controlada por
personeros del establecimiento. En esa misma línea, el sacerdote guerrillero
Camilo Torres sentenció que en este país “el que escruta elije”, es decir, quien
cuenta los votos pone presidente; al día de hoy quien cuenta los votos es la
misma Registraduría cuestionada en cada fraude histórico en el país.
Sin embargo, con
independencia del resultado final, hay una valoración del proceso de
la izquierda colombiana que, aún en medio de la lucha política que sigue
abierta, conviene rescatar.
Una
izquierda con principios que airea la región
La fórmula Iván Cepeda –
Aida Quilcué reflejó valores del progresismo y de la izquierda que no abundan
en otras experiencias políticas similares. La transparencia y la
sencillez en las formas de vida del candidato y de la candidata, la honestidad
a la hora de expresar políticas de principios más allá de la especulación de
campaña, la claridad programática de un proyecto reformista consecuente con los
intereses de los trabajadores y los sectores populares, son algunos de los
rasgos que reafirman la identidad de una izquierda colombiana que supo
recrearse tras décadas de quedar asociada a una insurgencia armada fuertemente
deslegitimada.
La confianza en los
candidatos y en su honestidad despertó un activismo social muy amplio, en
algunos casos organizado y en otros de manera intuitiva. Militantes pero
también vecinos y vecinas salieron a las calles a convencer, a disputar el voto
en favor de la izquierda, con una convicción y una entrega pocas veces vista en
Colombia o en otros países de la región.
Sin embargo, durante la
campaña no faltaron críticas a algunas de las decisiones de Cepeda, que en
términos de marketing electoral fueron evaluadas como errores.
Se dijo que la elección de Aída Quilcué para integrar la fórmula pudo haber
sido un error, porque representaba al movimiento indígena que ya era parte del
proyecto de la izquierda, en vez de buscar una figura de centro o centroderecha
que ampliara la base electoral –como hizo Lula en Brasil o, recurrentemente, el
kirchnerismo en Argentina–. Pero Cepeda priorizó la reafirmación
programática a través de la figura de la mayora indígena antes que de la
especulación electoral. También se criticó la austeridad de la campaña que, en
parte debido a eso, tuvo momentos de desorganización y precariedad. Cepeda eligió,
en cada caso, reafirmar la coherencia antes que cerrar acuerdos políticos o
económicos que lo hubieran dejado condicionado a la hora de gobernar.
Esa opción de principios
pudo haber sido un demérito a la hora de buscar ampliar el voto, aunque tampoco
podemos saber si de aquel otro modo el resultado hubiera cambiado. Lo que sí
sabemos es que, a partir de esa coherencia, la izquierda queda bien
parada para enfrentar lo que vendrá. Mantiene la adhesión de un pueblo que
confía en sus dirigentes. Predica con el ejemplo hacia la sociedad y hacia los
cuadros medios del proyecto político. Retoma valores básicos, pero que, en
muchos casos, otras fuerzas progresistas o de izquierda en la región
resignaron, con los costos que ya conocemos.
El
signo de los tiempos
Más allá de las
valoraciones positivas, hay que reconocer que una gestión de gobierno honesta y
una campaña electoral digna no lograron una mayoría social nítida en las urnas. Esa
dificultad reside, más que en los errores propios –que por supuesto los hubo–
en el clima de época reaccionario, en el que priman el individualismo, el
arribismo, la meritocracia y el desprecio al prójimo. Esa agenda derechista
es global, emocional, y no ahorra métodos sucios e ilegales para
propagandizarse. Es parte del signo de los tiempos. Pero la izquierda y los
progresismos no pueden adoptarla en espejo sin traicionar su esencia. A esa
complejidad aún no se le encuentra la vuelta; por eso en Colombia el Pacto
Histórico no pudo obtener un resultado holgado, aunque Cepeda y Quilcué hayan
sido excelentes candidatos y el gobierno de Petro haya tenido un desempeño
correcto dadas las circunstancias. Son tiempos en los que hay que mirar el
mundo para entender la aldea.
En sintonía con esa
oleada reaccionaria, en América Latina y el Caribe son mayoría los gobiernos de
derecha: Milei en Argentina, Kast en Chile, Paz
en Bolivia, Peña en Paraguay, Noboa en Ecuador,
Mulino en Panamá, Asfura en Honduras, Bukele en El
Salvador, Abinader en República Dominicana, Holness en Jamaica,
Fernández Delgado en Costa Rica y veremos si Fujimori en Perú.
Los presidentes que encarnan esta oleada continental tienen sus diferencias.
Los hay derechistas tradicionales, libertarianos, militaristas, oportunistas,
ultras, pero todos tienen un factor común: expresan un momento
histórico de reacción conservadora, anti progresista y anti izquierdista, que
logra cierto arraigo social y tiene en Donald Trump al dueño del circo en el
que baila cada uno de estos bufones.
Esta ofensiva se apoya
en causas de fondo, como el fracaso histórico de las apuestas revolucionarias
del siglo XX (que en Colombia expresaron las FARC, el ELN y otros grupos
armados) y también de los progresismos moderados más contemporáneos. El
gobierno de Petro entra en esta última categoría, pero la valoración popular de
su gestión está lejos de ser considerada un fracaso. A diferencia de lo ocurrido con Boric en Chile, Fernández en Argentina
o el MAS en Bolivia, el apoyo a Cepeda se basa en la valoración positiva que
hacen amplios sectores del pueblo de la intención reformista del gobierno del
Pacto Histórico, aún en curso.
Tal
vez falte eficacia (y algo de claridad estratégica), pero lo más importante
está
¿Cómo lograr una mayor
eficacia a la hora de interpelar a un conjunto social aún más amplio, con un
programa de izquierda consecuente que provoca la confrontación de los sectores
de poder que manejan instituciones clave y las más potentes maquinarias
comunicacionales, en tiempos de ofensiva reaccionaria global? El desafío no se
ve fácil.
El empate técnico constituye
un resultado valioso, pero no deja de resultar menos de lo deseado. ¿Faltó
astucia, faltaron acuerdos con sectores empresariales que brindaran dinero y
apoyo político? ¿Se sobreactuaron principios y austeridades?
Este debate queda
instalado en Colombia y en distintos espacios progresistas o de izquierda en el
continente.
Para darlo a cabalidad,
será imprescindible no perder de
vista el objetivo estratégico que debe perseguir cualquier proyecto de
izquierda: enfrentar al capitalismo para dar lugar a una sociedad justa e
igualitaria. En ese camino, las prácticas políticas no son inocuas. Sin
prefigurar formas distintas, antagónicas a los modos que dispone el capital, de
construir organización y, llegado el caso, de gobernar, no se podrá hacer más
que una mala copia de lo que ya garantiza el sistema al que se dice enfrentar.
Mientras tanto, en circunstancias complejas, toca valorar lo que se hizo bien y consolidarlo para ir por más. En Colombia, sigue en pie de lucha el acumulado histórico de una izquierda que se supo recrear a partir de la más severa adversidad. Está firme, también, el apoyo y el compromiso de una porción importantísima del pueblo. Apenas falta ajustar eficacias sin resignar la perspectiva estratégica. No es poco, pero tampoco algo tan lejano de alcanzar.
