21 de junio de 2026

Ajustadísimo balotaje electoral en Colombia: una lectura en clave latinoamericana

El preconteo oficial dio un virtual empate técnico, con menos de un punto de diferencia a favor del candidato ultraderechista, que Iván Cepeda podría revertir en el escrutinio final. En una región en disputa, la experiencia del Pacto Histórico tiene mucho que aportar. Apuntes para interpretar lo que sucede en Colombia en clave continental.

Por Pablo Solana, desde Bogotá, especial para Lanzas y Letras.


La movilización popular durante la campaña de Cepeda y Quilcué tuvo escenas conmovedoras en todo el país, lo que hacía prever el repunte que finalmente sucedió: la izquierda cosechó casi 3 millones de votos extra entre la primera y la segunda vuelta, un crecimiento mucho mayor que el de la derecha, que en gran medida se estancó. Sin embargo, el preconteo oficial dio 250.000 votos a favor de De la Espriella, una cifra que el Pacto Histórico impugnó. Cepeda deberá esperar al escrutinio final para saber si alcanza a revertir esa distancia.

Las clases dominantes de Colombia aceleraron la estrategia para dar por definitivo el conteo provisorio. Medios de comunicación, políticos varios y las maquinarias pagas que mueven las redes sociales buscan cristalizar la idea de que Colombia ya tiene nuevo presidente. El Pacto Histórico salió a remar contra esa marea agitada desde el poder real con una convocatoria a fiscales y abogados, a lo que se suma, en algunas ciudades, movilizaciones desconociendo el preconteo parcial.

A esta altura, será difícil evitar que alguno de los dos bloques sociales y políticos en los que está dividido el país –al igual que graficaron otras elecciones latinoamericanas– salga a denunciar fraude. Quien finalmente pierda, lo hará. Pero la balanza está inclinada: la leyenda popular atribuye al caudillo asesinado Jorge Eliécer Gaitán la expresión “en Colombia el pueblo vota hasta las 4 de la tarde, y después vota la Registraduría”, institución controlada por personeros del establecimiento. En esa misma línea, el sacerdote guerrillero Camilo Torres sentenció que en este país “el que escruta elije”, es decir, quien cuenta los votos pone presidente; al día de hoy quien cuenta los votos es la misma Registraduría cuestionada en cada fraude histórico en el país.

Sin embargo, con independencia del resultado final, hay una valoración del proceso de la izquierda colombiana que, aún en medio de la lucha política que sigue abierta, conviene rescatar.

 

Una izquierda con principios que airea la región

La fórmula Iván Cepeda – Aida Quilcué reflejó valores del progresismo y de la izquierda que no abundan en otras experiencias políticas similares. La transparencia y la sencillez en las formas de vida del candidato y de la candidata, la honestidad a la hora de expresar políticas de principios más allá de la especulación de campaña, la claridad programática de un proyecto reformista consecuente con los intereses de los trabajadores y los sectores populares, son algunos de los rasgos que reafirman la identidad de una izquierda colombiana que supo recrearse tras décadas de quedar asociada a una insurgencia armada fuertemente deslegitimada.

La confianza en los candidatos y en su honestidad despertó un activismo social muy amplio, en algunos casos organizado y en otros de manera intuitiva. Militantes pero también vecinos y vecinas salieron a las calles a convencer, a disputar el voto en favor de la izquierda, con una convicción y una entrega pocas veces vista en Colombia o en otros países de la región.

Sin embargo, durante la campaña no faltaron críticas a algunas de las decisiones de Cepeda, que en términos de marketing electoral fueron evaluadas como errores. Se dijo que la elección de Aída Quilcué para integrar la fórmula pudo haber sido un error, porque representaba al movimiento indígena que ya era parte del proyecto de la izquierda, en vez de buscar una figura de centro o centroderecha que ampliara la base electoral –como hizo Lula en Brasil o, recurrentemente, el kirchnerismo en Argentina–. Pero Cepeda priorizó la reafirmación programática a través de la figura de la mayora indígena antes que de la especulación electoral. También se criticó la austeridad de la campaña que, en parte debido a eso, tuvo momentos de desorganización y precariedad. Cepeda eligió, en cada caso, reafirmar la coherencia antes que cerrar acuerdos políticos o económicos que lo hubieran dejado condicionado a la hora de gobernar.

Esa opción de principios pudo haber sido un demérito a la hora de buscar ampliar el voto, aunque tampoco podemos saber si de aquel otro modo el resultado hubiera cambiado. Lo que sí sabemos es que, a partir de esa coherencia, la izquierda queda bien parada para enfrentar lo que vendrá. Mantiene la adhesión de un pueblo que confía en sus dirigentes. Predica con el ejemplo hacia la sociedad y hacia los cuadros medios del proyecto político. Retoma valores básicos, pero que, en muchos casos, otras fuerzas progresistas o de izquierda en la región resignaron, con los costos que ya conocemos.

 

El signo de los tiempos

Más allá de las valoraciones positivas, hay que reconocer que una gestión de gobierno honesta y una campaña electoral digna no lograron una mayoría social nítida en las urnas. Esa dificultad reside, más que en los errores propios –que por supuesto los hubo– en el clima de época reaccionario, en el que priman el individualismo, el arribismo, la meritocracia y el desprecio al prójimo. Esa agenda derechista es global, emocional, y no ahorra métodos sucios e ilegales para propagandizarse. Es parte del signo de los tiempos. Pero la izquierda y los progresismos no pueden adoptarla en espejo sin traicionar su esencia. A esa complejidad aún no se le encuentra la vuelta; por eso en Colombia el Pacto Histórico no pudo obtener un resultado holgado, aunque Cepeda y Quilcué hayan sido excelentes candidatos y el gobierno de Petro haya tenido un desempeño correcto dadas las circunstancias. Son tiempos en los que hay que mirar el mundo para entender la aldea.

En sintonía con esa oleada reaccionaria, en América Latina y el Caribe son mayoría los gobiernos de derecha: Milei en Argentina, Kast en Chile, Paz en Bolivia, Peña en Paraguay, Noboa en Ecuador, Mulino en Panamá, Asfura en Honduras, Bukele en El Salvador, Abinader en República Dominicana, Holness en Jamaica, Fernández Delgado en Costa Rica y veremos si Fujimori en Perú. Los presidentes que encarnan esta oleada continental tienen sus diferencias. Los hay derechistas tradicionales, libertarianos, militaristas, oportunistas, ultras, pero todos tienen un factor común: expresan un momento histórico de reacción conservadora, anti progresista y anti izquierdista, que logra cierto arraigo social y tiene en Donald Trump al dueño del circo en el que baila cada uno de estos bufones.

Esta ofensiva se apoya en causas de fondo, como el fracaso histórico de las apuestas revolucionarias del siglo XX (que en Colombia expresaron las FARC, el ELN y otros grupos armados) y también de los progresismos moderados más contemporáneos. El gobierno de Petro entra en esta última categoría, pero la valoración popular de su gestión está lejos de ser considerada un fracaso. A diferencia de lo ocurrido con Boric en Chile, Fernández en Argentina o el MAS en Bolivia, el apoyo a Cepeda se basa en la valoración positiva que hacen amplios sectores del pueblo de la intención reformista del gobierno del Pacto Histórico, aún en curso.

 

Tal vez falte eficacia (y algo de claridad estratégica), pero lo más importante está

¿Cómo lograr una mayor eficacia a la hora de interpelar a un conjunto social aún más amplio, con un programa de izquierda consecuente que provoca la confrontación de los sectores de poder que manejan instituciones clave y las más potentes maquinarias comunicacionales, en tiempos de ofensiva reaccionaria global? El desafío no se ve fácil.

El empate técnico constituye un resultado valioso, pero no deja de resultar menos de lo deseado. ¿Faltó astucia, faltaron acuerdos con sectores empresariales que brindaran dinero y apoyo político? ¿Se sobreactuaron principios y austeridades?

Este debate queda instalado en Colombia y en distintos espacios progresistas o de izquierda en el continente.

Para darlo a cabalidad, será imprescindible no perder de vista el objetivo estratégico que debe perseguir cualquier proyecto de izquierda: enfrentar al capitalismo para dar lugar a una sociedad justa e igualitaria. En ese camino, las prácticas políticas no son inocuas. Sin prefigurar formas distintas, antagónicas a los modos que dispone el capital, de construir organización y, llegado el caso, de gobernar, no se podrá hacer más que una mala copia de lo que ya garantiza el sistema al que se dice enfrentar.

Mientras tanto, en circunstancias complejas, toca valorar lo que se hizo bien y consolidarlo para ir por más. En Colombia, sigue en pie de lucha el acumulado histórico de una izquierda que se supo recrear a partir de la más severa adversidad. Está firme, también, el apoyo y el compromiso de una porción importantísima del pueblo. Apenas falta ajustar eficacias sin resignar la perspectiva estratégica. No es poco, pero tampoco algo tan lejano de alcanzar.