La más grave intervención militar gringa en Sudamérica en toda su historia provocó respuestas débiles. Hace rato nos quedamos sin paradigmas que nos permitan enarbolar con orgullo nuestras banderas. La denuncia es necesaria, pero sin acción no podremos avanzar. Urge reconstruir un horizonte en el cual confiar. En Revista Resistencias (Ar)
Circularon estos días excelentes informes sobre los aspectos militares y geopolíticos de lo sucedido el 3 de enero en Venezuela. Para lo primero recomiendo esta nota de Willy Caviasca, para lo segundo, seguir a Lautaro Rivara y a Leandro Morgenfeld. La del 3 de enero fue la más seria intervención militar de tropas gringas en Sudamérica –no la primera, como afirman algunos analistas, si se tiene en cuenta el ataque de tropas norteamericanas en las costas de las Islas Malvinas en 1831, previo a la ocupación inglesa–. Sí hubo múltiples injerencias en Centroamérica –tanto o más graves–, más o menos encubiertas como en Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Cuba, o reconocidas como en Granada y Panamá.
Señalada esa gravedad, en estas líneas propongo una hipótesis con base en una mirada histórica de las dinámicas de resistencia antiimperialistas. Porque la denuncia es un principio inalienable, pero insuficiente. La capacidad de acción y la efectividad de la resistencia que se pueda desplegar depende, sobre todo, de la convicción con que podamos defender la causa que es atacada por la prepotencia imperial.
Hace 65 años, el intento de invasión en Bahía de Cochinos –eficazmente repelido por los cubanos– provocó airadas denuncias que fueron, a la vez, un llamado a la acción en defensa de los revolucionarios. Como respuesta, hubo quienes se sumaron a aquel proceso histórico conducido por Fidel y el Che, quienes se propusieron multiplicar las revoluciones en sus países tomando como bandera el ejemplo de la Isla que lograba ponerle un freno efectivo a los gringos, y quienes –sin animarse a tanto– promovieron campañas de solidaridad para fomentar el avance y la profundización de la Revolución.
Lo mismo sucedió con la injerencia gringa en la Nicaragua sandinista y en El Salvador en las décadas de 1970 y 1980: el antiimperialismo se hizo fuerte en toda América Latina y constituyó un llamado a la acción, un nuevo escalón en el compromiso revolucionario sintetizado en la consigna “Si Nicaragua venció, El Salvador vencerá”. La denuncia se convirtió, de ese modo, en plena potencia, en esperanza y en ansias de victoria.
En Venezuela sucedió algo parecido en 2002, cuando las oligarquías vernáculas en alianza con la embajada de los EE.UU. intentaron un golpe de Estado contra Chávez: el pueblo venezolano supo defender el proceso histórico que lo tenía como protagonista, el Comandante debió ser liberado y el proceso bolivariano no solo siguió adelante, sino que se profundizó. Las movilizaciones en solidaridad y los distintos llamados antiimperialistas fueron, en ese contexto, parte de la pulseada. Además de la denuncia, la acción pesaba a favor, había un horizonte y una promesa de futuro en la cual confiar.
Hoy, al igual que en otros momentos críticos de la historia, las denuncias contra la operación militar norteamericana en suelo venezolano deben ser contundentes, sin fisuras. Pero, aun así, pareciera que algo no termina de cuajar.
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Es difícil encontrar las cualidades revolucionarias de los ejemplos históricos en la situación de la Venezuela actual. No es la intención de estas líneas recordar ciertas críticas justas al madurismo ahora, porque, después de todo, ese mismo madurismo es el blanco del nuevo ataque imperialista y, por lo tanto, merecedor de toda nuestra solidaridad.
Sin embargo, a fuerza de sinceridad, debemos reconocer que el panorama resulta por lo menos confuso, y esa falta de claridad no es solo por la acción de la propaganda imperial (que la hay, incide, confunde, pero no lo es todo). La conducción actual del gobierno venezolano, continuidad de lo que era hasta antes del 3 de enero, da señales poco claras sobre su posición después de la agresión. Evitar la guerra y enarbolar la bandera de la paz es una cosa, condescenderse con el agresor, otra. Mientras eso pasa a nivel gobierno, se vuelve difícil calibrar lo que sucede por abajo. El “pueblo venezolano” es, a esta altura, una categoría compleja, porque debemos aceptar que parte de ese pueblo se manifestó excluido, y lo hizo ya sea emigrando o apoyando a la oposición; a la vez, el “pueblo chavista” también se desfiguró con el paso del tiempo: sectores dinámicos durante los años de “Comuna o Nada” se encuentran desmoralizados, ajenos a la política oficial que parece reducida a la existencia de un PSUV como mero brazo de apoyo a la gestión estatal. Más allá de esas complejidades, en Venezuela el sentimiento chavista y antiimperialista está vivo, lo que no está claro es la línea de defensa que propone la conducción del gobierno actual.
Distinta es la situación en Colombia, donde su presidente expone su convicción patriótica, encabeza la movilización popular y se expone a la confrontación, incluso con niveles de desgaste que pueden resultarle contraproducentes de cara al próximo proceso electoral (primera vuelta presidencial en mayo, segunda en junio de este año). Pero en esa conducción se percibe una firmeza genuina en vez de especulación, lo que ya de por sí invita a su pueblo a creer, un factor anímico fundamental a la hora de pasar a la acción.
También será distinto el panorama en Cuba, que padeció el desgaste de décadas de bloqueos criminales y ahogo de su economía, pero mantiene una posición digna que hace la diferencia. Como ejemplo, el inmediato reconocimiento de los 32 cubanos caídos en defensa de Maduro, en contraste con la actitud del gobierno venezolano que, durante los días claves, silenció la denuncia sobre sus propios muertos.
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Las actitudes destacables de Petro y de la dirigencia cubana hacen la diferencia, aunque no alcanzan a constituir un paradigma que resulte motivación suficiente para que la denuncia se convierta en un llamado a la acción, un factor de lucha antiimperialista eficaz, de peso suficiente como para incidir más allá de las fronteras.
El telón de fondo de este momento crítico para el destino de nuestros pueblos es, ya sabemos, el del avance de las ideas de ultraderecha no solo en el plano institucional (la cantidad de gobiernos conservadores y el “anticomunistas”), sino también en la disputa por el sentido en las grandes masas, la famosa “batalla cultural”. Una parte sustancial de ese cuadro de situación adverso lo compone la crisis estratégica que padecen a nivel global las izquierdas, los progresismos, los sectores nacionales y revolucionarios; proyectos que, anclados en viejas recetas, no aciertan a clarificar rumbos de acción que interpelen a las grandes masas mientras la ultraderecha avanza.
Urge reconstruir horizontes emancipatorios que se nutran de la potencia de los pueblos dispuestos a resistir y retroalimenten esas resistencias. Es una necesidad estratégica, de largo aliento, pero a la vez cotidiana. Necesitamos nuevos paradigmas que vuelvan a entusiasmar (al menos, en principio, a las militancias).
Mientras tanto, ante hechos gravísimos como el ataque reciente a Venezuela, nos queda la denuncia, que debemos sostener con firmeza y sin dobleces. El antiimperialismo consecuente y militante es un buen punto de referencia donde afirmarse para ir por más.