Yo lo pido con ron, pero el canelazo más tradicional es con aguardiente. La infusión, me explican, se prepara con hierbabuena, jengibre y un toque de anís que potencia el alcohol. Se endulza con panela, el jugo de la caña de azúcar condensado. Puede llevar limón, o lima, o jugo de naranja. Y canela, claro, si es en rama mejor. Caliente, intenso, apenas picante y bien dulzón. Un manjar que mata el frío de los pies y energiza el corazón.
Es para cuando cae el día y el fresco apura. Aun cuando no hay sol (no hay mucho sol en Bogotá, no sé de dónde sacó León Gieco la letra de esa canción), durante el día la temperatura varía pero no aprieta. A las 6 o 7 de la tarde, en cambio, mientras oscurece y el cansancio del camello diario se hace notar, antes de tomar el transmi para huir del centro, una arepa rellena o un canelazo en Las Aguas o en la Séptima no se hacen rogar (cuando era joven y debía tomar el tren en Constitución para volver a Villa Corina después del trabajo, la parada obligada era por un pancho con kétchup con lluvia de papasfritas de paquete; aunque no tomo Coca, esa combinación sería el paralelo allá; cuánto mejor se alimentan en Colombia, arepa contra pancho y canelazo contra gaseosa, ni qué comparar).
Siempre que tengo que andar por el centro elijo rumbear pa´ la Séptima. La carrera Séptima, es decir, la séptima arteria paralela al cerro, así se organizan las carreras acá; las calles, en cambio, corren de manera perpendicular. Dicen que la Séptima mantiene el trazado del camino indígena de la vieja Bacatá, como llamaban los muiscas a esta región. Caminarla desde el norte es transitar de la prolijidad de edificios bonitos y casas estilo inglés de más de medio siglo atrás, hacia la mayor diversidad de arquitecturas, sociologías y hábitats en el sur, donde todo es más caótico, hasta los ciclos incomprensibles del sol y la lluvia que, a esta altura, ya me resigné a aceptar. Cruzando la 26 (la avenida 26, que además es calle porque es perpendicular al cerro, que también se llama El Dorado, al igual que el aeropuerto del que nace y del que baja –o sube– hasta el pie de la montaña), al cruzar la 26, decía, empieza a ganar terreno una cierta anarquía mezcla rara de penúltimo linyera, de primer polizonte en viaje a venus y de oficinistas, turistas despistados, estatuas vivientes de Carlos Vives y de Michael Jackson, manteros con chucherías o artesanías o figuritas del mundial, tiendas de dos pisos de ropa barata, la Iglesia de nosecuál, la esquina donde mataron a Gaitán y cada tanto mesas de ajedrecistas aficionados, hasta llegar a la Plaza de Bolívar con sus palomas, su Catedral, su Congreso de la República, su Alcaldía y su Palacio de Justicia con sus fantasmas, sus desaparecidos y su tragedia en forma de rebelión y de masacre, típica marca colombiana, qué más.
Dije linyeras por el tango, pero acá les llaman habitantes de calle. No solo los bienhablantes, cualquier persona les dice así. Ni cirujas, ni pordioseros, ni miserables ni salí de acá: habitantes de calle. A mí, la verdad, me choca semejante formalidad en contraste con la inhumanidad brutal que expresa ese sentido literal: ¿Cómo que “habitantes de calle”? ¿Me querés decir que duermen en la calle, cagan en la calle, se cortan las uñas del pie en la calle, cojen en la calle? Eso no es “habitar”, eso es una tortura social. Hay una operación de naturalización en denominarles así que me rebela. Sin embargo, mastico esa bronca y no sé qué hacer, más allá de alguna limosna ocasional. Hay quienes les sacan fotos, yo no podría. Eso no es ni registro de la realidad ni denuncia ni nada, o tal vez sí, pero a mí no me sale. Por otra parte, no escuché que ellos se llamen “habitantes de calle”, sino más bien ñero, oiga, usté, busquero, palero, chorizo, venga pa´cá.
La contracara son los uniformados con armas largas que, aunque cambien los gobiernos, siguen violentando a este pueblo tranquilo con su presencia -también naturalizada- en las calles de Bogotá.