17 de abril de 2026

Bogotá. Matri y síndrome de abstinencia


Es la segunda ciudad en la que gasté vida, después de mi Buenos Aires querida. Durante aquel tiempo en el que decidí quedarme, entre los años 2013 y 2020, debió ser de manera intermitente; tenía que salir cada tantos meses del país para renovar mi permiso. Nunca pude tramitar visa laboral porque el trabajo formal no es lo mío, ni en Colombia lo más habitual. 

Intenté resolver esa dificultad ´casándome´ con una compañera que en ese entonces estaba en pareja con un amigo y accedió, solidaria, al favor. El ´matri´ fue solo un trámite, pero tuvo su momento de emoción cuando el empleado del registro civil –que por ser yo extranjero debía desconfiar– quiso ver fotos en las que estuviéramos juntos. Pensamos que todo fracasaría, pero recordé que había una –solo una– tomada un año atrás, que en un rapto de lucidez encontré en el historial de Facebook. Allí nos vemos junto a otras personas, ella con su compañero en una punta de la foto y yo en la otra. De la imagen no emana precisamente amor –al menos no entre ella y yo–, pero el empleado se dio por satisfecho. A partir de entonces mi ´esposa´ se separó (no de mí, sino de mi amigo), cambió de ciudad y ya no supe más. En la ausencia aprendí a quererla: todo gesto solidario encariña. Con el permiso de residencia que me otorgaba el ´matri´ pude estar un poco más quieto, pero de todos modos seguí yendo y viniendo. Cosquillas en el culo, militancia, extrañamientos y militancia una vez más.

En el resto de Colombia dicen que los ´rolos´ son más secos en el trato y bailan mal (defectos de toda gran ciudad), pero yo desde el primer día me dejé seducir por la cadencia de sus voces, el trato amable, las sonrisas, la generosidad. Cada vez que regreso a Buenos Aires me dicen que quedo hablando más suave después de pasar tanto tiempo acá. Me han dicho “mi rey” y “mi amor” en mercados y tiendas, porque así buscan venderle a uno lo que uno no necesita comprar, pero qué va, siempre me sentí alagado igual. Sin embargo, el piropo más lindo fue cuando me dijeron “no pareces argentino”. Otras veces, en cambio, sí me reclamaron “hay, ustedes los argentinos…” ante algún gesto soberbio, que –para qué negarlo– nos marca como un estigma de identidad a muchxs porteñxs que exportamos desde el sur el carácter tano o gallego heredado, o bruto rioplatense nomás.

En 2020 decidí volver (a Buenos Aires, a La Boca), pero durante todos estos años he regresado a Bogotá con toda la frecuencia que me fue posible. Aprendí a extrañar de ida y vuelta. El síndrome de abstinencia me tira cuando paso meses sin viajar.

Esas ganas y la intermitencia me llevaron a fijar algunas rutinas cada vez que aterrizo en El Dorado y me dispongo al encuentro, ansioso, con tanta gente linda que tanto afecto me ha brindado en esta intensa ciudad.