El balotaje será el 21 de junio. El desempeño del ultraderechista De la Espriella lo deja unos pocos puntos por encima, pero la fórmula Cepeda-Quilcué hizo una buena elección y mantiene posibilidades de ganar. Este artículo analiza el modo en que el Pacto Histórico logró poner en pie una alternativa firme a favor de los de abajo, sin caer en las claudicaciones de los denominados “progresismos latinoamericanos”.
Por Pablo Solana, desde Cali
Al igual que sucedió en Chile tras el gobierno de Gabriel Boric, en Ecuador con el correísmo, en Honduras tras Xiomara Castro o en Argentina con el peronismo, la derecha en Colombia dispersó candidaturas en primera vuelta a modo de interna reaccionaria, con la expectativa de recoger en el balotaje la adhesión de una mayoría social “anti”: antiprogresista, antiizquierdista o simplemente anti-promesas incumplidas. Pero hacia la segunda vuelta no la tendrán tan fácil, porque a diferencia de otros progresismos fallidos el gobierno de Petro sí cumplió, o al menos se esforzó honestamente en el intento, y amplios sectores del pueblo valoraron esa coherencia. Los cerca de 10 millones de votos de la fórmula Cepeda-Quilcué en primera vuelta son más de los que obtuvieron Petro y Márquez en primera hace 4 años, un crecimiento que, aunque no alcance al 50% más uno necesario para ganar, muestra un piso sólido desde donde continuar la pelea.
Iván Cepeda –defensor de derechos humanos y
político de larga trayectoria, hijo de un dirigente del Partido Comunista
asesinado en 1994–, y Aída Quilcué – Consejera Mayor del Consejo Regional
Indígena del Cauca (CRIC) y senadora desde 2022–, acaban de hacer una buena
elección en nombre del legado del petrismo, que a la vez encarna una tradición
de izquierda parlamentaria, institucional y con arraigo social de más larga
data. La posibilidad de triunfo en el balotaje dependerá de la astucia para
atraer a sectores que aún desconfían de estos “izquierdistas expropiadores
promotores del terrorismo”, fantasmas inverosímiles que agita la derecha
colombiana que, asumida en sentido amplio –empresarial, institucional, comunicacional,
militar y paramilitar–, mantiene una capacidad de daño aún mayor que en otros
países de la región.
La consolidación de la izquierda en
Colombia es resultado de un proceso histórico particular, pero el análisis de los
motivos por los que ese proyecto identificado con los intereses del pueblo se
mantuvo firme aún en un contexto nacional y regional adverso arroja lecciones
para ser tenidas en cuenta más allá de las fronteras.
1. Una
izquierda con anclaje social
En Colombia se denomina coloquialmente
“izquierda” al conjunto de ideas progresistas, humanistas y también
anticapitalistas (lo que incluye a comunistas y exguerrilleros) que confluyen
en un espacio político movimentista denominado, desde hace cinco años, Pacto
Histórico. Gustavo Petro, líder de ese espacio, combina críticas discursivas al
capitalismo global con un pragmatismo de Estado por medio del cual buscó,
durante estos 4 años de gestión, avanzar en reformas parciales a favor de la
clase trabajadora y del conjunto del pueblo. No siempre lo logró, porque la maquinaria
institucional en Colombia responde casi sin fisuras a los sectores
conservadores representantes de los intereses del gran capital, pero las
batallas reformistas fueron dadas con convicción y, en más de una ocasión, apelando
a la movilización popular. Ese anclaje genuino del petrismo en una agenda a
favor de los de abajo hizo la diferencia respecto a más de dos siglos de
gobiernos colombianos contrarios al pueblo, pero también constituye una sana particularidad
en medio de progresismos latinoamericanos posibilistas y claudicantes en la
mayoría de los casos. Los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum en México
podrían ser un espejo para la izquierda colombiana, aunque, así como Colombia
tiene su particularidad histórica que explica el momento actual (los acuerdos
de paz de 2016 que despejaron en gran medida el lastre de una lucha armada
deslegitimada, los estallidos sociales posteriores, la lucha democrática acumulada
por décadas), el modelo mexicano también responde a factores endógenos más que
a una clave extrapolable a nivel regional.
La propuesta de izquierda reformista no es
exclusiva de Petro, aunque él la encarnó a cabalidad desde sus
responsabilidades institucionales como alcalde de Bogotá, parlamentario y ahora
presidente. De ese modo, la identidad de izquierda –entendida como la
describimos más arriba– se ganó la adhesión y el corazón de amplios sectores populares.
El ente oficial DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística)
realizó su Encuesta de Cultura Política (ECP) entre el estallido social de 2021
y la campaña electoral de Petro en 2022, y en ese entonces el 29.7% de la
población colombiana dijo identificarse con las ideas de izquierda, porcentaje
que llegaba al 35% en Bogotá o el Pacífico. Esos indicadores bajaron
promediando el gobierno actual, cuando las reformas parecían naufragar, pero se
recuperaron en el último tiempo de campaña: un mes antes de estas elecciones, las
consultoras Guarumo y Ecoanalítica registraron un 27,3% de población que dijo
identificarse con las ideas de izquierda –en contraposición al centro político
y a la derecha– en el país; la imagen de Petro y la intención de voto a
Cepeda-Quilcué son mayores, pero es sabido que en esos guarismos pesan
opiniones menos definidas ideológicamente. Así presentado, el porcentaje resulta
alto en comparación con una región donde los candidatos progresistas por lo
general se corren al centro o directamente a la derecha y reniegan de cualquier
atisbo de identificación con posiciones de izquierda. Pero esos índices de
adhesión tienen más peso aún en una Colombia que viene de una historia reciente
de persecuciones, estigmatizaciones y también errores propios que el ideario de
izquierda padeció como resultado de 60 años de conflicto interno. De aquellas
tácticas y estrategias armadas la izquierda salió fuertemente golpeada, al
igual que en otras regiones del continente; pero en Colombia, a partir del protagonismo
juvenil en los estallidos sociales, de la persistencia de movimientos
sectoriales fuertes como el indígena, y del ciclo político reformista actual, esa
identidad se recuperó de manera notable y con un arraigo sustancial.
2. El
apoyo se concentra en los sectores populares
La segunda vuelta será el escrutinio que
valga, pero, aun cuando el Pacto Histórico pueda quedar algunos puntos por
arriba o por debajo del 50%, lo cierto es que el apoyo a Petro y a la izquierda
es importante sobre todo en los sectores bajos (Colombia tiene estratos
estadísticamente definidos). Esos sectores son la mayoría de la población; sin
embargo, las elecciones suelen verse afectadas por el ausentismo en varias
regiones pobres del país debido a deficiencias logísticas, presiones
paramilitares o por cultura de desapego a una institucionalidad que siempre fue
hostil al pueblo; también pueden incidir las trampas del conteo de votos en las
localidades donde la derecha maneja el poder. Y, sobre todo, la incidencia
comunicacional de campañas de odio en sintonía con el clima reaccionario de
estos tiempos. Pero lo cierto es que, cuando se recorren las comunidades pueblo
adentro, cuando se caminan las barriadas populares, cuando se escucha a
trabajadores formales o informales, el apoyo a Petro en particular y al Pacto
Histórico en general es mayoritario.
En Colombia la izquierda gobernó procurando
evitar los errores que cometió Rafael Correa en Ecuador, que enfrentó al
movimiento indígena; o Cristina Kirchner en Argentina, que confrontó con parte
del sindicalismo e ignoró a otra parte del movimiento social; o Lula y Dilma en
Brasil, que desmovilizaron al mismo pueblo que les apoyaba y concedieron
medidas a favor del gran capital. El gobierno de Petro gobernó para el pueblo, contó
con el apoyo casi por completo de las organizaciones sociales y políticas (la
única excepción tal vez sea la guerrilla del ELN) y en ocasiones, incluso, desde
la presidencia se peleó por los derechos obreros más de lo que lo hacían las
propias organizaciones sindicales, a las que Petro siempre alentó a salir a las
calles. De ese modo se construyó una lealtad que trasciende un resultado
electoral y sienta las bases de un movimiento histórico de izquierda en
Colombia que, aún si sufriera un resultado adverso en la segunda vuelta,
quedará firme para remontar cualquier adversidad.
3.
Asumir la polarización desde una postura ética y coherente
Colombia confirma la tendencia continental
y global: la única forma eficaz de confrontar a la ultraderecha en ascenso es
con definiciones antagónicas, sin medias tintas. Con una agenda política,
ética, programática e ideológicamente opuesta a la agenda de legitimación de la
explotación, el individualismo y la crueldad que son las banderas actuales de
la reacción. Pero en el caso colombiano hay algo más: Iván Cepeda y Aída
Quilcué polarizaron, pero lo hicieron sin gritos, sin sobreactuaciones, sin
insultos. Por el contrario, Cepeda decidió que la suya sería una campaña híper
austera, aun con el riesgo de caer en la falta de recursos para garantizar una
buena organización; padeció, de hecho, de cierta falta de eficiencia en algo
tan sensible como la disputa macroelectoral. A eso se suma la personalidad de
Aída Quilcué, que aporta el semblante también sereno de la tradición indígena;
y, también es cierto, el respaldo de Petro, una figura más histriónica y
peleadora. El contraste y la complementación de los dos referentes principales,
Petro y Cepeda, demuestra que lo determinante no es la forma de la
confrontación sino el contenido. Allí es donde hay que polarizar: lejos del
griterío y de la hipótesis de los insultos en espejo, una agenda a favor del
pueblo llevada a la práctica y defendida con garra y lealtad resulta la mejor
forma de ir a la polarización a capitalizar el apoyo popular.
4. Un
caudillo que deja espacio
Con una trayectoria coherente y por medio
de una presidencia digna, a la altura de las expectativas, Petro terminó de
convertirse en un verdadero líder de masas, de esos que surgen de tanto en
tanto en la historia de Nuestra América. Su figura en Colombia tiene más fuerza
que el conjunto de la izquierda, una identidad que no cuenta con partidos con
historia (salvo el PC, de trayectoria también coherente, pero de baja
incidencia). Petro construyó una relación líder-masas al estilo
latinoamericano, donde las estructuras importan menos que la lealtad mutua
entre las mayorías y el caudillo. Sin embargo, a diferencia de esos
caudillismos típicos de la historia latinoamericana, Petro hace lo que no
hicieron Perón o Getulio Vargas, o, salvando las distancias, Evo Morales o el
kirchnerismo: da un paso al costado para privilegiar la continuidad del
proyecto por sobre la persona. Se podrá decir que no podía reelegir, aunque sí
hubiera podido si presentaba la reforma correspondiente, como hicieron otros
presidentes antes que él. Lo cierto es que la posibilidad de continuidad en la
figura de Cepeda airea el proyecto político, permite subsanar errores
personales y fuerza a consolidar un espacio colectivo, un programa, una
coherencia más allá del liderazgo personal. Además, esta dinámica anula uno de
los puntos fuertes de las derechas que logran asociar, en el ideario popular, la
permanencia de un único liderazgo con mesianismos autoritarios, nepotismo y
corrupción, ideas no del todo equivocadas en más de una experiencia histórica. En
la línea de López Obrador y Sheinbaum, la izquierda colombiana apuesta a la
continuidad del proyecto más allá de la persona, una sana elección.
5. Una
izquierda posible que se irá definiendo en el andar
El concepto “izquierda reformista” que este
análisis propone para la experiencia del Pacto Histórico en Colombia merece
precisiones que exceden estas líneas. Digamos mínimamente que, en el debate
histórico de las izquierdas, el reformismo quedaba asociado a la falta de
vocación transformadora. Pretendían reformar gradualmente el capitalismo
quienes no se decidían por la vía definitiva de la revolución. Las distintas
opciones no eran igual de válidas: para los sectores más radicales, la vía
reformista era una claudicación, una trampa, una manera de contener a las masas
y evitar el cambio de raíz. Esos debates se dieron, con un sentido genuino, en
momentos históricos donde la posibilidad revolucionaria estaba a la vuelta de
la esquina. Y, sobre todo, cuando había un modelo de sociedad poscapitalista
que funcionaba como horizonte estratégico que debía guiar las tácticas, es
decir, las decisiones políticas concretas: el socialismo.
Adaptado a los tiempos que corren, el
reformismo de izquierda de Petro y el Pacto Histórico deja de lado la
aspiración socialista o revolucionaria. La crisis de la idea del socialismo y
de la posibilidad de la revolución a nivel global cobra en Colombia una
dimensión más visceral: hasta no hace tanto, esas ideas estaban asociadas en la
memoria colectiva a las FARC, una experiencia histórica de seis décadas fuertemente
deslegitimada, agotada y derrotada primero en el plano ideológico y después en
el político, como reflejaron los acuerdos de Paz. Otro factor de dificultad
proviene de la propaganda intensiva que las derechas han hecho durante décadas
de “las dictaduras socialistas empobrecedoras”, en referencia a las
revoluciones cubana primero, y venezolana después, ambas realidades
geográficamente cercanas.
En tanto no haya otros paradigmas desde la
izquierda radical que permitan recrear las ideas de socialismo y revolución,
sería injusto reclamarle a Petro –o a cualquier gobernante en estos tiempos–
una perspectiva revolucionaria y socialista. Hugo Chávez fue el último que lo
intentó, con una audacia y una lucidez ejemplares, que coincidieron con situaciones
históricas favorables, como la crisis neoliberal, el desconcierto momentáneo de
las élites capitalistas, la desatención provisoria del imperialismo yanqui
sobre América Latina y el boom de las commodities
que benefició a una serie de experiencias políticas de pretensión
pos-neoliberal en la región. Aún lejos del contexto de las revoluciones
posibles de los años 60 del siglo pasado, Chávez contó con condiciones de
posibilidad que hoy ni siquiera de forma moderada se pueden identificar.
Por eso, en el caso del gobierno de Petro,
la agenda de valiosas reformas a favor del pueblo convive con la continuidad de
ganancias, garantías y privilegios que goza el gran capital, como demuestra el
libro “Quién manda en Colombia. Elites, poder y nación”, de Jenny Pearce y Juan
David Velasco Montoya. Por eso el imperialismo mantiene, en Colombia, sus bases
militares intactas después de los primeros cuatro años de “gobierno del
cambio”. Sin embargo, creer que yendo a fondo contra esos bastiones del capitalismo
y del imperialismo se hubieran cosechado mejores apoyos sociales constituye una
creencia más ideológica que factual: la población colombiana no quiere
escenarios de inestabilidad política, sino que se cumplan las reformas
anunciadas para vivir cada vez un poco mejor.
Lejos del contexto histórico de las
revoluciones pasadas o del momento político virtuoso de la Alternativa
Bolivariana para las Américas (ALBA), el Pacto Histórico debió convivir con una
Cuba ahogada en su más grave crisis, con una Venezuela desangelada tras las
claudicaciones post 3 de enero y con los Alberto Fernández, los Luis Arce, los Boric
y los Yamandú Orsi de ocasión, por no mencionar a Bukele y Milei que, montados
en esos fracasos, acosan por derecha y logran legitimarse en porciones
considerables de nuestros pueblos.
En este momento histórico y en esta
coyuntura favorable a las ideas de la reacción, hay que situar y valorar la
experiencia colombiana del Pacto Histórico.
El 21 de junio se decidirá si esa experiencia logra su continuidad al frente del Estado. De hacerlo, podrá seguir acumulando pequeñas victorias parciales a favor del pueblo, como sucedió durante el período 2022-2026. Acumular victorias, por más pequeñas que sean, es fundamental para la recomposición de fuerzas que se impone de ahora en más. Los proyectos emancipatorios están a la defensiva, y trincheras como las de Petro, y ojalá las de Cepeda y Quilcué, resultan puntales de resistencia de valor estratégico, aun cuando esa estrategia no esté del todo clara. Será más fácil construirla si en vez de retroceder consolidamos los pasos de avance como los que está dando la izquierda en Colombia. A tomar nota y multiplicar las virtudes: la experiencia del Pacto Histórico ya es patrimonio de todos los pueblos de Nuestra América, más allá de las fronteras.
