15 de febrero de 2026

Molotovs en el Congreso: la tercera hipótesis

La corriente de opinión mayoritaria entre quienes adhieren a las protestas señala a presuntos infiltrados policiales; parte del activismo reivindica, en contraposición, el derecho a la resistencia activa. Pero hay una tercera interpretación posible, que toma cuerpo a partir de lo sucedido el miércoles pasado. De cara a lo que se viene, se impone afinar el análisis. En AnRed (Ar)

Los hechos son conocidos: cinco personas se atrincheran de forma precaria a escasos metros de la policía, arman botellas con nafta tipo molotov y arrojan tres de ellas del otro lado del cordón policial. La represión no los afecta durante esos minutos. El suceso (funcional a la represión para algunos, parte de la necesaria resistencia para otros) se da cuando la movilización ya había copado la plaza, cuando empezaban a retirarse las columnas sindicales. Días después, el gobierno identificará a 17 manifestantes con evidencia bastante clara de su participación en los disturbios que se extendieron esa tarde (tiran piedras, arman barricadas, golpean vallas), pero entre los señalados no están los de las molotov (falta confirmar una detención que se produjo mientras se escriben estas líneas, que de todos modos no cambia sustancialmente el análisis). Pasadas ya varias jornadas, eso es, en concreto, lo que se sabe.


I. Infiltrados

La hipótesis “infiltrados” como protagonistas de los hechos violentos de resistencia se basa en la repetición de suposiciones, aunque en casi nula evidencia confirmatoria. En esta ocasión las certezas son pocas, pero en otros casos todo apuntó en sentido contrario. La anterior marcha conflictiva con fuego en las calles fue la del 12 de marzo de 2025, cuando el móvil de la policía de la Ciudad 8008 terminó en llamas en la esquina de Avenida de Mayo y Santiago del Estero. En esa ocasión, al igual que ahora, arreciaron los señalamientos e “indicios” que supuestamente confirmaban que quien manejó el encendedor era un policía que buscaba desprestigiar la protesta, aunque semanas después fue apresado un integrante de la hinchada de All Boys, quien terminó condenado a un año y cinco meses de prisión de cumplimiento efectivo; las imágenes lo muestran inequívocamente protagonizando el hecho. En esa misma marcha se hicieron otros señalamientos igual de enérgicos sobre la supuesta participación policial en los disturbios, que resultaron igual de falsos, como narramos en el diario Tiempo Argentino en su momento. Otro hecho similar, aún más difundido, fue el de la movilización del 12 de junio de 2024, cuando se trató la Ley Bases; en esa ocasión terminó en llamas un móvil de Cadena 3. Sobre esos hechos no hubo detenidos, aunque la militancia que estuvo allí asegura que los del encendedor, esa vez, eran compañeros. Dar más detalles sería incriminarlos, por lo que el discurso que afirma que eran “servicios” se impuso sin contrarrelato, aunque con bastante irresponsabilidad. En aquella ocasión recordamos en la revista crisis otra situación aún más irresponsable: cuando en 2018 dos diputados nacionales mostraron fotos de supuestos policías infiltrados, que terminaron siendo militantes anarquistas finalmente apresados.

 

II. Resistencia

“Infiltrados o no, hay que dejar de criminalizar la acción directa. Hace una década que se acabó eso de ir a pasear a las movilizaciones. Los dueños del poder ya cambiaron el chip hace rato”, analiza Santiago Mayor, periodista y militante. “Identificar los elementos provocadores es parte fundamental de cualquier movilización, pero lo relevante de la jornada del miércoles fue la resistencia y la bronca de centenares de jóvenes que se sumaron a las legítimas manifestaciones de resistencia”, plantea, por su parte, Luca Bonfante, dirigente juvenil del Partido de Trabajadores por el Socialismo (PTS). “Si la lucha callejera ocurre en París o en Santiago de Chile, hablan de épica. Cuando las piedras y las molotov volaron contra la represión en la Córdoba de 1969, las recuerdan heroicas. Pero si todo eso sucede en febrero de 2026, en Buenos Aires, entonces dirán que lxs protagonistas son infiltradxs y vendrá el dedo señalando”, dice otro militante popular en las redes sociales. Son voces minoritarias, pero que parecen coincidir en un diagnóstico –con el que también coincide quien escribe estas líneas–: la resistencia activa, el enfrentamiento a la represión, el desafío a un orden injusto y antipopular, son recursos legítimos, aun cuando el cercenamiento de las vías democráticas obliguen a recurrir a métodos violentos reñidos con la ley. Necesarios, incluso, si se pretende salir del lugar de víctimas en el que mucha progresía parece sentirse cómoda y en el que el enemigo pretende mantenernos sin margen de maniobra. Sin embargo, el contrapunto entre “infiltrados” y “resistencia legítima” parece no explicar del todo lo que sucedió en la última movilización, ni lo que de seguro sucederá de ahora en más.

 

III. Análisis concreto de la situación concreta

Dejemos de lado, por un instante, la identidad de quienes arrojaron las molotov. Analicemos el hecho dado, su efecto concreto en el contexto concreto en el que se produjo. La acción, de algún modo, “compitió” en la atención pública con la movilización: aún era temprano en la tarde, aún no habían sucedido hechos represivos más allá de unas escaramuzas acotadas al frente del cordón policial. Todavía faltarían más de 10 horas hasta que se anuncie la media sanción de la ley de reforma laboral. Con el desenlace temprano de la violencia, la cobertura de la protesta se centró en ese hecho minoritario en desmedro de la masiva movilización popular. En ese contexto, ¿cuál sería el análisis político que justificaría poner en marcha una acción de ataque focalizada, televisada, que opacaría –como sucedió– el protagonismo de la movilización mayoritaria? Hay quienes interpretan que la acción de arrojar las molotov solo se puso en marcha una vez que se empezaron a retirar las columnas sindicales, es decir, que la CGT “abandonaba” la lucha. Partidos y organizaciones de izquierda estuvieron en la primera línea, buscaron permanecer, pero una vez que se puso difícil la situación en la plaza no contaron con un plan de resistencia, lo que después generó balances y autocríticas. En cualquier caso, la intención de irrumpir con una acción directa en contraste con la falta de firmeza en la lucha de los aparatos no quedó clara, entre otros motivos, porque no hay nadie que se haga cargo de la acción, aun cuando podrían haberlo hecho por medios “clandestinos”, sin dar a conocer identidades, a través de algún tipo de panfleto que no los exponga. “Varios los conocemos. El principal problema de los pibes esos, que estaban bien tapados y por eso no los identifican, es que no tienen una voz de mando que los oriente”, analiza un militante popular curtido en movilizaciones conflictivas que estuvo el miércoles, con su organización, cerca del grupo en cuestión. Esa interpretación da cuenta de una necesidad que urge abordar: ¿nadie habla con esos “pibes”? ¿tan difícil es coordinar, mínimamente, acuerdos sobre los momentos, las condiciones, los cuidados de cada acción, sobre todo las que comprometen a una mayoría ajena al hecho? Otro dato: el grupo del bidón y las botellas replegó hacia las columnas organizadas, donde algunos incluso pensaron en repelerlos, aunque primó la condescendencia o la confusión. En este punto, y a partir de este caso puntual, ante tal disfuncionalidad del hecho en sí cabe la pregunta más incómoda: ¿aún sin ser ellos mismos miembros de las fuerzas de seguridad, puede tratarse de grupos permeados de algún modo por agentes de inteligencia? “No lo sé, creo que es pura falta de criterio, inexperiencia, falta de línea”, interpreta el militante que mencionamos antes. Y coincide en que, en un principio, las fuerzas represivas los dejan actuar porque tal puesta en escena, a destiempo de la decisión mayoritaria de quienes estaban en la plaza, les resulta útil para justificar una represión que, valga decir, de todos modos irían a realizar (eso explicaría las acciones desganadas de los tanques hidrantes, el tiempo y espacio “liberado” que se vio en las múltiples filmaciones).

Allí, en estos últimos pliegues, está, creemos, el punto nodal de lo que llamamos en estas líneas la “tercera hipótesis”: aún si no son policías infiltrados en la movilización, aun cuando podamos reivindicar la resistencia activa ante momentos antidemocráticos como el actual, de lo que se trata es de debatir con otra profundidad: cómo caracterizar, interlocutar, buscar acuerdos mínimos con quienes buscarán proceder con estas técnicas de lucha en las movilizaciones; cómo prevenir infiltraciones, no ya solamente en la protesta misma sino en la composición de grupos con estas características que, se sabe, son monitoreados de cerca por servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad; y por último, tanto o más importante: cómo lograr un “análisis concreto de la situación concreta” (la sentencia es de Lenin, uno que sabía de estas cosas) para decidir, en función de una inteligencia colectiva que sintonice de mejor modo con los intereses de las movilizaciones mayoritarias, cómo, cuándo, de qué modos y con qué cuidados actuar.

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Más allá de los cinco del bidón y las botellas, es cierto que hubo un par de centenares de manifestantes participando de los hechos de resistencia activa, en gran medida inorgánicos, pero también de forma organizada, de manera responsable, poniendo en práctica una gimnasia de lucha callejera legítima, como ya dijimos. La violencia con la que este gobierno avanza contra los más elementales derechos populares, y la certera represión que se sabe ocurrirá, convocan a la resistencia, que eleva el ánimo de quienes no se resignan a irse a sus casas derrotados sin luchar. Pero igual de cierto es que ese activismo necesario debe empalmar de mejor modo con el sentir mayoritario. Eso sucedió en diferentes momentos de la historia, incluso en marchas no tan lejanas. Estos debates, bien dados, sin superficialidades y asumiendo la incomodidad, pueden ayudar a saldar esa distancia. Cuando eso suceda, otro será el desenlace de la resistencia popular.