13 de marzo de 2026

El fantasma del infiltrado

Durante las movilizaciones del último tiempo en el Congreso una situación resulta recurrente: el ejercicio de ciertos modos de enfrentamiento a las fuerzas represivas y el inmediato señalamiento que acusa de infiltrados a quienes ejercen esa gimnasia de lucha callejera. En Revista Crisis (Ar)

Durante las movilizaciones del último tiempo en el Congreso una situación resulta recurrente: el ejercicio de ciertos modos de enfrentamiento a las fuerzas represivas y el inmediato señalamiento que acusa de infiltrados a quienes ejercen esa gimnasia de lucha callejera.

Clarificar qué es lo que efectivamente sucede allí resulta importante, porque el andarivel parlamentario de la ofensiva mileísta va a continuar, y por lo tanto también las protestas.

La acción y el debate sobre los “infiltrados” se enmarca en una serie de constantes que están teniendo las movilizaciones frente al Congreso en el último tiempo.

Por un lado, notamos que durante las últimas convocatorias las columnas de sindicatos, partidos y organizaciones de distinto tipo no terminan de apropiarse del espacio público de la protesta, porque la llegada suele ser descoordinada, la permanencia un tanto inconstante y, ante el primer conato de represión, la retirada resulta inmediata.

Uno de los motivos de esa descoordinación se le atribuye a otro hecho que se repite: la desconfianza ante la presencia de personas que se instalan frente al vallado policial para insultar a los agentes, empujar las vallas cuando pueden, tirar botellas de plástico o algún elemento más o menos contundente, y eventualmente piedras cuando del otro lado asoma el primer chorro del carro hidrante.

Hay una tercera constante: en cada protesta el gobierno reprime. Con gases lacrimógenos, hidrantes, o directamente motos persiguiendo gente, dando palazos, disparando balazos de goma, deteniendo al voleo o selectivamente.

El activismo que sacude vallas policiales y arroja algunas piedras a los efectivos de la represión parece estar compuesto por gente silvestre muy enojada, ya sean jóvenes o jubilados, que se complementa con pequeños grupos más organizados, en muchos casos anarquistas. El señalamiento que acusa a algunas de esas personas de ser agentes policiales disfrazados de manifestantes no logra ser corroborado; circularon videos e indicios que llevaron a la detención de algunas de esas personas, en particular las del caso televisado de las molotov, y todo indica que no son policías.

Lo mismo había sucedido en la movilización del 12 de marzo de 2025, cuando el móvil policial 8008 terminó en llamas en la esquina de Avenida de Mayo y Santiago del Estero. En esa ocasión, al igual que ahora, arreciaron los señalamientos que supuestamente confirmaban que quien prendió fuego el vehículo era un agente que buscaba desprestigiar la protesta, aunque semanas después fue apresado un integrante de la hinchada de All Boys, quien terminó condenado a un año y cinco meses de prisión de cumplimiento efectivo; las imágenes lo muestran inequívocamente protagonizando el hecho. Otra situación similar, aún más difundida, se dio en la movilización del 12 de junio de 2024, cuando se trató la Ley Bases; en esa ocasión terminó en llamas un móvil de Cadena 3. Sobre esos hechos no hubo detenidos, aunque la militancia que estuvo allí asegura que los del encendedor, esa vez, eran compañeros. Dar más detalles sería incriminarlos, por lo que el discurso que afirma que eran “servicios” se impuso sin contra-relato, aunque con bastante irresponsabilidad.

En aquella ocasión recordamos en la revista crisis otra situación aún más irresponsable: cuando en 2018 dos diputados nacionales mostraron fotos de supuestos policías infiltrados, que terminaron siendo militantes anarquistas finalmente apresados.

Vale la pena repetirlo: consideramos legítima la defensa activa ante la represión, por ser esta una práctica antidemocrática que vulnera el derecho básico a la protesta. Esa defensa será legítima incluso si tiene que expresarse por medio de métodos que puedan ser criminalizados, como la realización de barricadas, la quema de objetos en la vía pública que dificulten el avance represivo o el cubrimiento de rostros y señas particulares para evitar la identificación por parte de los organismos de inteligencia.

Sin embargo, aun cuando quienes enfrentan la represión con métodos violentos no fueran policías, es seguro que en las movilizaciones hay agentes de civil haciendo inteligencia y marcando militantes que después serán objeto de persecución. Por eso se impone hilar más fino: una cosa es la posibilidad de que las fuerzas de seguridad infiltren la protesta al punto de ser ellos quienes ejerzan hechos de violencia para justificar la represión –situación que, como venimos argumentando, no se corrobora–, y otra cosa es la presencia de agentes de civil entre las columnas, mimetizados con la militancia, haciendo inteligencia o develando su rol de policías recién al momento de efectuar detenciones.

La diferencia no es menor. Si no comprendemos uno y otro rol, corremos un doble riesgo: por un lado, negamos la posibilidad de que el ejercicio de la resistencia activa ante la represión pueda ser obra de personas del pueblo, organizadas o no, en ejercicio legítimo de su bronca. Por otro lado, tendemos a concentrar la atención respecto a la presencia de servicios en las marchas en los hechos más estruendosos a riesgo de perder de vista presencias de policías de civil más discretas, entre las columnas, lo que después facilita la cacería de quienes hayan tirado piedras y también de quienes no.

Por eso, aun cuando, siendo rigurosos, todo indica que quienes tiran piedras o encienden barricadas no son “infiltrados”, el estado de alerta ante la infiltración policial debe ser una práctica activa, y no solo en las marchas, sino también en la propia composición de grupos militantes que se propongan ejercitar formas de resistencia que puedan dar lugar a posteriores persecuciones judiciales.

 

Dicho eso, y hecha la defensa sobre el derecho a la resistencia activa ante la represión, podemos ir un paso más allá: la experiencia de las últimas movilizaciones nos muestra que una barricada, un fuego o una piedra fuera de contexto y de lugar, a destiempo de la voluntad del resto de la movilización, también pueden convertirse en factores contraproducentes.

No solo algunas columnas sindicales o partidarias evitaron, durante las últimas marchas, llegar al Congreso cuando se esbozaban los primeros indicios de forcejeos de algunas personas con ánimos de pelear con la policía. Mucha gente suelta, sin organización, que quiere manifestarse y ser parte de la protesta, también se siente incómoda ante el descontrol de la situación.

Está claro que la decisión de reprimir está tomada por este gobierno con independencia de lo que hagan o no hagan los manifestantes, pero igual de cierto es que, en ocasiones, ese activismo inorgánico que agita una piedra o enciende una fogata sin contemplar el ánimo mayoritario, es tomado como la contraparte válida para los tanques hidrantes y los lanzagases. El destiempo entre la intención combativa de pequeños grupos y la disposición mayoritaria de la movilización no es un detalle menor, porque en última instancia será esa masa movilizada la que tendrá que resistir, si pretendemos que el saldo de la trifulca se incline a nuestro favor.

Nos preguntamos si no podría, si no debería, lograrse una más sólida coordinación entre organizaciones sindicales, sociales y partidarias a la hora de garantizar la presencia en la Plaza; esa coordinación debería incluir la intención de diálogo con quienes agitan la revuelta, aún si son grupos pequeños, inorgánicos o esquivos y desconfiados de las estructuras. Velar por el buen destino de la movilización en su conjunto requerirá dedicaciones y voluntades pacientes, hábiles y comprensivas, más cuando está en juego algo tan delicado y estratégico como la capacidad de desafiar la represión.

Escenas de resistencia activa, sin desbande, con participación de amplios sectores movilizados, se vieron, por ejemplo, durante aquella jornada en la que agrupaciones de los clubes de fútbol confluyeron con jubilados. Más contundente aún fue la protesta, también frente al Congreso, en diciembre de 2017, cuando la decisión masiva de resistir fue acompañada por muchas organizaciones movilizadas y, a fuerza de barricadas y aguante legítimo, el gobierno de Macri sufrió un golpe letal en su intento por avanzar contra los derechos del pueblo.

 

A modo de conclusión, podemos focalizar algunas reflexiones finales:

Por un lado, lo que está en juego no es solamente la defensa del derecho a la movilización.

El proyecto reaccionario que encarna Milei solo encontrará un freno efectivo cuando el pueblo se lo ponga en las calles. Como vienen haciendo, pueden irrespetar las normas constitucionales, pueden desconocer fallos judiciales, pueden comprar voluntades en el parlamento. Lo que no podrán hacer es controlar el conflicto social cuando éste se desate. Las clases dominantes lo saben, por eso un sostén fundamental de todo proyecto de derecha es la represión.

En ese camino, es fundamental que las luchas, además de legítimas, sean eficaces.

En busca de esa eficacia hay quienes se proponen salir del escenario más desgastado de las movilizaciones principales el Congreso, zona que la doctrina Bullrich tomó como caso testigo y donde parece tener el control. En las últimas semanas se multiplicaron los conflictos locales y también en la Capital se buscaron otros puntos de impacto para la protesta, como la que se realizó en el Obelisco el viernes de la aprobación final de la reforma laboral.

Pero además del sano ejercicio de las luchas locales y descentralizadas, se impone la necesidad de mejorar la organización de las marchas centralizadas. Para que esas movilizaciones logren la eficacia necesaria, se vuelve imprescindible avanzar en niveles más sólidos de coordinación. Lograr algún tipo de inteligencia común entre las organizaciones y también respecto a los grupos más pequeños y más activos.

En ese sentido, insistir con el señalamiento mediático o en redes sociales a supuestos “infiltrados”, sin las verificaciones correspondientes, no suma, más bien lo contrario.

Las dificultades están planteadas. Las diferencias entre partidos, organizaciones y tendencias son reales. Pero la bronca social va a ir excediendo, cada vez más, a las capacidades organizadas. Y la necesidad histórica de derrotar a esta ofensiva reaccionaria se va a ir volviendo cada vez más urgente.

En ese contexto, ningún esfuerzo por dotar de más eficacia a las luchas populares será en vano. El desafío está en nuestras manos.