11 de mayo de 2026

El Vedado, La Habana. De qué belleza hablamos


Al oeste de La Habana Vieja, a unas 20 cuadras de la Plaza de la Revolución, bordeando el malecón, El Vedado se distingue como uno de los sectores de mayor elegancia arquitectónica de todo el caribe. 


Las ostentosas casas de este barrio habanero –algunas, más que casas, mansiones; otras, verdaderos palacetes– fueron abandonadas por la aristocracia y por la alta burguesía que huyeron espantadas de la chusma que en 1959 tomó el poder en la Isla. En más de un caso, también es cierto, no huyeron, sino que fueron empujadas a resignar sus propiedades de privilegio, expropiadas por la fuerza o por la Ley de Reforma Urbana del año 60. En un principio pensaban que la revuelta duraría poco y podrían volver de Miami a retomar posesión, pero la Revolución definió la prohibición de tener más de una propiedad, estableció la primacía de la función social y puso automáticamente en manos del Estado las viviendas abandonadas, además de convertir a los flamantes “inquilinos”, de origen humilde, en progresivos nuevos dueños: una inédita y profunda transformación urbana integral a favor del pueblo.

Las más grandes mansiones se destinaron a instituciones públicas, oficinas y sedes de gobierno. En El Vedado está el imponente edificio estilo art decó de Casa de las Américas, las bellísimas sedes de Prensa Latina, de la Unión de Escritores y Artistas, de los campesinos de la ANAP, y en un palacete de toda una manzana, la Casa de la Amistad. Las viviendas se reasignaron a familias del pueblo que, con el tiempo, cambiaron la fisonomía del barrio. Juana, que renta habitaciones de su casa sobre la calle 25 entre 6 y 7, llegó allí como reconocimiento de la Revolución al desempeño de su marido en la guerra de Angola, donde miles de campesinos cubanos alistados en las Fuerzas Armadas Revolucionarias arriesgaron sus vidas combatiendo por la independencia de ese país africano. Con los años El Vedado también consolidó su importancia como centro artístico y cultural: sobre los teatros que ya existían sobre la avenida 23 se pusieron en función los principales cines; sobre la calle Línea todavía lucen otros tantos teatros; y bares de jazz y también hoteles y restaurantes para el turismo, que con los años también comenzaron a ser frecuentados por cubanos que los pueden pagar. 


Hoy, tras el repoblamiento inicial y con décadas de crisis acumuladas, las construcciones modernistas o neoclásicas bien mantenidas son las menos. Aún conviven ampulosos pórticos en forma de arcos, rastros del neobarroco y el art nouveau, con casas subdivididas para alquilar habitaciones a turistas y balcones multiuso convertidos en un ambiente más. En arquitectura se llamó “estilo Vedado” a las residencias de un solo piso de techos altos con un amplio hall de entrada rodeado por jardines. 
Con la pintura para frentes convertida en bien escaso y con la dificultad para conseguir materiales de construcción, muchas de las casas fueron quedando corroídas por el paso del tiempo o el abandono. Aun así, El Vedado mantiene su encanto.


El escritor y dramaturgo ruso Máximo Gorki cuenta en su libro ´Recuerdos de Lenin´ que, en la Revolución Rusa, tras asaltar el Palacio de Invierno, los campesinos usaron los finos jarrones de porcelana como orinales. Para ellos, las pertenencias de los zares no tenían mayor valor estético, sólo les importó su valor de uso.

En El Vedado la primacía del valor de uso no devino, sin embargo, en desprecio por la belleza. El pueblo cubano, con sus modos y costumbres, otorgó a este particular barrio un nuevo sentido en función de la necesidad, pariendo a la vez un valor estético que mixtura la calidad arquitectónica histórica con los carros soviéticos avejentados y los rostros y andares de hombres y mujeres de ascendencia afro y ropas comunes, gastadas o remendadas. Nuevos cruces de sujetos e historia, nuevas formas de expresar la belleza de una ciudad y de sus habitantes, resultado –este experimento, como todo en Cuba– de las virtudes de la Revolución.


Escribió Roque Dalton –vecino de El Vedado, donde vivió con su familia cuando estuvo en Cuba– en su ensayo ´Poesía y militancia en América Latina´: "¿De qué belleza hablamos, a qué nos referimos al enunciar «lo bello»? Advertimos claramente el peligro de trabajar con términos que ha tratado de reivindicar para sí el idealismo. Desde Platón hasta los modernos suspirantes que se aferran a eso que nunca dejó de ser una idiotez, la concepción del «arte por el arte». (...) al hablar de la belleza y de lo bello, no hemos abandonado un solo instante los territorios de la forma. Ahora bien, la forma y el contenido componen la unidad inseparable que configuran la obra de arte. (...) Consideramos el concepto de la belleza y de lo bello como realidades culturales, dotadas de ámbito histórico y de raíz social".


Hablaba de la poesía y del arte formalmente concebido, pero bien aplica su lúcida reflexión a la ´poesía vivencial´ que constituye el pueblo cubano, a ese ´arte cotidiano´ que se refleja en la forma única de habitar esta isla, de exudar una dignidad inquebrantable y plebeya que aún despierta la admiración de los demás pueblos del mundo.