A unos cien metros de la placa, en las columnas que definen el perímetro de la Catedral, están tallados los nombres de parte de las víctimas de aquel genocidio. La clave allí es la palabra ´víctima´. “Víctimas ejecutadas, víctimas de masacres, víctimas desaparecidas y víctimas torturadas, en orden alfabético”, puede leerse en una leyenda, también tallada, en la columna principal. Y, cual índice de cualquier ´Nunca Más´ latinoamericano (aquí tienen su propio ´Guatemala: Nunca Más´), agrega: “Buscar en cada una de esas categorías el nombre que desea encontrar”, y: “Los nombres de las comunidades afectadas están en la parte superior de cada columna”. Son 13.500 nombres y apellidos, pertenecientes a las etnias Ixil, Mam, Q’anjob’al, K’iche’, Achi. El genocidio en Guatemala fue contrainsurgente, sí, pero sobre todo fue étnico. Un genocidio racista, de exterminio. El listado de la catedral reúne los nombres de una parte mínima de las ´víctimas´. 45.000 es el número de desaparecidos que estableció la Comisión para el Esclarecimiento Histórico. 200.000 los asesinatos registrados. 100.000 o más las personas forzadas a desplazarse de sus comunidades. En una población de menos de 8 millones de habitantes. Proyecten, comparen.
Mucho más modesta y bastante menos visible que los listados de las columnas de la Catedral, la placa vandalizada resulta, sin embargo, un símbolo mucho más potente. La URNG también fue ´víctima´, pero, en esa acción sobre la placa que pretendía conmemorar el genocidio, los hacedores del hecho vindicatorio no se quedaron en el lugar doliente de la victimización. Eligieron la acción. Aun cuando las organizaciones revolucionarias se desintegraron tras la firma de los acuerdos de Paz en 1996, hubo quienes se propusieron impedir el mensaje criminal. En la placa no están los nombres individuales, pero está el nombre colectivo. La sigla está tallada con alguna herramienta de corte, tal vez una amoladora eléctrica. No es difícil imaginar la acción conspirativa, el despliegue rápido para lograr dotar de electricidad a una máquina ruidosa y accionarla en la mismísima plaza central de la ciudad rodeada por las instituciones del poder, probablemente de noche, con algún dispositivo elemental de seguridad. La URNG, al igual que los frentes guerrilleros de los demás países de Centroamérica, lograron hazañas de guerrilla urbana mucho más audaces, por lo que la vandalización no debe haber sido tan complicada, después de todo.
En la misma línea de esa acción directa se inscriben las acciones callejeras de la organización HIJOS de Guatemala, que convierte los números fríos de los listados de ´víctimas´ en rostros concretos, en personas con una historia, una imagen que las identifica. Otra marca latinoamericana: la foto de alguien joven en un cartel en blanco y negro, un nombre y una fecha, y la pregunta ¿dónde está?, la reafirmación Ni olvido ni perdón, Nunca más.
Porque las víctimas, aún por sobre su condición de víctimas, fueron, en muchos casos, combatientes. Enfrentaron a dictadores y a ejércitos criminales, lucharon por la liberación, propusieron la revolución social y se jugaron la vida en esa propuesta. Por eso el lugar de víctimas, el mero nombre en un listado, les queda chico. Esa sola condición invisibiliza la potencia insurgente que logró, en su hora, cada compromiso vital, que fue el compromiso de toda una generación. Hoy una huella de ello puede encontrarse en una esquina descuidada de la Plaza central. Allí una placa de bronce permanece resignificada por la acción popular. Un pequeño gesto pero, a la vez, una potencia rebelde que, más temprano que tarde, en Guatemala, al igual que en todos nuestros pueblos, se volverá a recrear.


