20 de mayo de 2026

Perquín, Morazán. El Salvador. Huellas y contrasentidos de la guerrilla con mayor poder militar de Centroamérica.


El bus llega al pueblo tras algunas horas de ascenso por un camino de asfalto defectuoso que surca el bosque de montaña. En el trayecto suben y bajan, entre parada y parada, campesinos con morral y machete, jóvenes que van o vienen del colegio y doñas con canastos de tortillas o con alguna gallina, muerta o viva.

Hasta allí, la escena podría transcurrir en cualquiera de los países centroamericanos, caribeños o andinos de Nuestra América. Pero en este bus vamos, además, un par de foráneos, porque en la otra punta del país saliendo de San Salvador está, desde hace 34 años –cuando se firmaron los acuerdos de paz–, el Museo de la Revolución de El Salvador. 

En rigor, el nombre del museo refiere al intento de revolución finalmente frustrado que se extendió durante toda la década de 1980, cuando las organizaciones armadas dieron forma al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional –FMLN– y lograron una fuerza combatiente capaz de poner en jaque no solo a la dictadura local sino también a los planes contrainsurgentes de EE.UU. que, después de décadas combatiendo a Cuba y después haber visto cómo también se le escapaba de las manos la Revolución Sandinista a finales de los 70, no estaba dispuesto a permitir que los ´guanacos´ de su patio trasero centroamericano consolidaran un nuevo proceso liberador. El Salvador es el más pequeño de los países en los que partieron al gran pueblo de Centroamérica; el Pulgarcito, como lo llamó Gabriela Mistral y popularizó el tío Roque en su libro de poemas sobre aquellas historias prohibidas.

Perquín está en Morazán, al nororiente del país, a casi nada de la frontera con Honduras. Su nombre deriva de una voz lenca, porque en esta zona de El Salvador esa fue la etnia originaria, a diferencia de la preminencia pipil en el Antiguo Cuscatlán. A esa particularidad se sumó cierta dificultad geográfica que marginó al oriente de la dinámica económica del resto del país; esa mala suerte promovió una autonomía de supervivencia que facilitó, durante la lucha de liberación, el plan de los grupos guerrilleros más radicales. Perquín y la región montañosa de Morazán pasaron de ser comunidades olvidadas por el Estado a territorios liberados por la guerrilla, que alfabetizó y brindó seguridad. Esa transformación fue resultado de un proceso largo, combativo y sacrificado, que hacia mediados de los años 80 maduró en el más sólido bastión de la lucha armada en El Salvador. Sin esa tradición de resistencia autónoma de los pueblos lencas, la guerrilla no hubiera podido soportar el doble asedio del ejército salvadoreño, por un lado, y del hondureño, por el otro, ambos dirigidos por el Comando Sur de los EE.UU. “El ejército de acá era el martillo, el de Honduras el yunque, y aun así los jodimos”, se enorgullece un excombatiente guerrillero. 



En el Museo de la Revolución pueden verse fusiles, morteros y cañones de carga pesada que la guerrilla recuperó del Ejército tras vencerlo en distintos combates y que puso al servicio de la resistencia. Están, también, los restos del helicóptero UH-1H que Estados Unidos había suministrado a la dictadura salvadoreña para la lucha contrainsurgente pero que fue derribado por los guerrilleros cuando era tripulado por el coronel Monterrosa, responsable de masacres de campesinos, quien murió en la emboscada, hecho que todo el pueblo pobre celebró. De esas montañas viene, también, la leyenda de Radio Venceremos, la más potente experiencia de comunicación popular insurgente que aún hoy se estudia con admiración. Las historias de heroísmo combatiente y, sobre todo, de resultados eficaces en el enfrentamiento al poderío militar sustentado por los EE.UU., dieron al FMLN un prestigio no solo entre quienes apoyaban la lucha revolucionaria, sino también entre quienes, conocedores de las dinámicas de la guerra irregular, alababan el ingenio y la capacidad militar. Los sandinistas, y antes los cubanos, habían tomado el poder, pero los salvadoreños, aún sin haberlo logrado, alcanzaron niveles de sofisticación militar más potentes, forzados por un enemigo que se la puso más difícil. 

De entre los cinco grupos armados que se fusionaron en el Frente Farabundo Martí, fue el Ejército Revolucionario del Pueblo –ERP– el que se asentó en esta región de Morazán y el que logró la mayor capacidad operativa. Protagonizó los hechos más espectaculares. Liberó territorios y alentó las ofensivas con las que el Frente unitario buscó tomar el poder para llevar adelante la anhelada revolución social. Luchó en nombre del pueblo pobre, campesino, indígena y trabajador, y también se nutrió de él, porque de otro modo una fuerza guerrillera no podría imponerse ante un enemigo militarmente superior, como sí pudo, por momentos, esta organización.

El ERP fue, a su vez, el grupo en el que asesinaron a Pancho Arteaga y a Roque Dalton.

El desarrollo militar no siempre deriva en concepciones militaristas, pero eso sucedió en este caso. Y el militarismo no necesariamente se corresponde con principios ideológicos sinuosos, pero también eso sucedió esta vez. En su primera etapa, incluso, el accionar del ERP levantó sospechas sobre la funcionalidad del grupo al plan de la CIA que incluía la penetración de organizaciones de izquierda y la cooptación de dirigentes.


Llegué a Perquín tras cinco años de investigar sobre el crimen de Dalton, por lo que había leído casi todo sobre la etapa fundacional de esa organización; estudié los documentos internos del ERP del año 77, en los que Joaquín Villalobos –quien quedó al frente del grupo tras la salida de su fundador y figura más sospechada, Alejandro Rivas Mira– intentó un lavado de cara y logró legitimarse. Estuvo al frente de la guerrilla y, tras los acuerdos de Paz de 1992, asumió abiertamente su rol de asesor en contrainsurgencia de gobiernos de derecha según el manual del Departamento de Estado de los EE.UU.

“Todo lo que dijeron de Villalobos, desde lo de Dalton hasta hoy, es porque quisieron anular al más grande jefe guerrillero, quisieron matar al pez que brilla con luz propia en el río de la Historia”, me dice el excombatiente que me recibe, apelando a una metáfora de inspiración maoísta. Amable y bien dispuesto a contar su versión, me pide que no grabe la conversación ni lo cite por su nombre. Me cuenta que desde joven participó en la lucha sandinista, donde se especializó en artillería; con esa experiencia vino a El Salvador en 1980 y se sumó al ERP. Ahora, sin embargo, me habla desde una repentina convicción anticomunista, más dispuesto a conceder razones a la derecha que a sus antiguos camaradas. Después, en San Salvador, me explicarán que esa fue la deriva de un grupo de excombatientes de este sector.

Su discurso, más que expresar las complejidades de la lucha revolucionaria, marca un abierto contrasentido. Me cuesta mixturar estas expresiones que considero absurdas y reaccionarias con la memoria emotiva que me remonta a finales de los años 80, cuando era un adolescente que, al igual que gran parte la militancia latinoamericana, veía con ojos de enamoramiento revolucionario la lucha insurgente de El Salvador.

La primera consigna latinoamericanista que recuerdo haber leído en una pared de Buenos Aires decía “Nicaragua venció, El Salvador vencerá”. Esa promesa de victoria me sedujo de inmediato. Los videos documentales del Sistema Radio Venceremos daban cuenta de una revolución popular avanzando a paso firme. ´Tiempo de Victoria´, ´Morazán´, ´El Salvador´, mostraban a guerrilleros y sacerdotes de la Teología de la Liberación acompañando a comunidades campesinas en una lucha abierta contra sanguinarios dictadores. Esos videos alimentaron en mí una mística que actualizaba y volvía más cercano todo lo que había visto y oído sobre Cuba, Fidel y el Che, pero también sobre los Montoneros, Santucho, Norma Arrostito y Rodolfo Walsh. 


El libro que escribí sobre Dalton, pienso, navega bien la contradicción que, ahora, escuchando al artillero del ERP en Perquín, se me vuelve brutal. Aquel enamoramiento revolucionario de mi juventud tuvo sentido y siempre lo tendrá: aquí están las huellas de la heroica resistencia del pueblo de El Salvador. Está, como parte de esa historia, el recuerdo de Roque, el ´tío Julio´ en la guerrilla, el poeta irreverente, sobreviviente en la memoria colectiva no solo del genocidio sino también de la infamia de quienes deshonraron, desde las propias filas, una causa por demás honrosa. 


El Museo de Morazán, después de todo, resulta apenas una excusa. Su existencia nos recuerda que, aun en medio de los contrasentidos de la historia, no serán los verdugos los que perdurarán en la memoria popular; será el poeta quien perviva, como voz de los de abajo, de igual modo que pervivirá, hasta el día de la victoria final, la rebeldía indomable de su pueblo que lo parió y que lo convocó a la lucha por la revolución social. 

No habrá sido entonces, pero ya llegará el día en que también El Salvador vencerá.