“- Son Marxistas?
- No.
- Son Castristas?
- Qué es eso?
- Qué son?
- Somos los que luchamos por un Perú más
justo.”
Entrevista a un combatiente del MRTA, a los tres días de la toma de la Embajada.
En El Descamisado (Ar)
A pocos días de la masacre ordenada por Fujimori en la residencia del embajador japonés en Lima, siguen apareciendo versiones que no hacen más que confirmar lo que, desde los primeros minutos de iniciada la recuperación militar, podía preveerse: ante el reclamo por parte de los “emerretistas” de libertad a sus compañeros presos, ante la voluntad de diálogo y el respeto a las vidas de los prisioneros de guerra (como ellos mismos habían definido a los rehenes), desde el poder se optó por el aniquilamiento de los combatientes que habían tomado la embajada. Fusilamiento de quienes se encontraban desarmados, el “tiro de gracia” para cada uno de los emerretistas abatidos, la retención de los cuerpos sin vida y la privación a los familiares de reconocer los cadáveres y brindarles sepultura, forman parte de los métodos con los que Fujimori preanuncia que en el futuro encarará las situaciones “de insurgencia”.
Mucho se debate por
estos días acerca de la popularidad o el rechazo de la medida, la condena que
provocó de parte de organismos de derechos humanos, e incluso las declaraciones
del vocero del MRTA en Europa, Isaac Velazco, anunciando la “guerra que se
viene” en el Perú. Para poder analizar más en profundidad las consecuencias y
el real significado de este final impuesto a la toma de la residencia por medio
del Terrorismo de Estado, es necesario echar un vistazo sobre los orígenes que
generaron esta acción.
Orígenes de la violencia: la injusticia
En América Latina, la
aplicación descarada del modelo de opresión dictado por el imperio, encontró en
los distintos países a los verdugos del pueblo que estuvieran dispuestos a
avanzar contra los derechos y conquistas populares. Salinas de Gortari en los
‘80, hizo punta con la preparación de México para su entrada al primer mundo,
globo de ensayo que vendrían a pinchar años después los zapatistas. Ya en los
‘90, otros fueron los títeres que encabezaron la oleada globalizadora: Fujimori
y Menem se erigieron como los mejores alumnos del Tío Sam.
El impacto inicial que
estas transformaciones provocaron, generaron un desconcierto en los sectores
populares que permitió tanto a uno como a otro avanzar en las reformas
estructurales que requerían los nuevos parámetros de la entrega. Menem, se
subió al “cavallo”de la estabilidad para apañar su farsa. Fujimori, enarboló
dos banderas: por un lado la lucha contra la corrupción, con lo que justificó
el autogolpe y paralizó a un sistema político de por sí inconsistente, y por
otro, el aniquilamiento de la subversión, como materia que el Perú tenía
pendiente desde décadas atrás a diferencia de los “logros” alcanzados por las
distintas dictaduras del continente. Al igual que en nuestro país, el verso de
la lucha contra la corrupción perdió eficacia al ser los mismos gobernantes y
políticos quienes necesitan de ella para dejar de lado a los sectores que
alguna vez fueron funcionales al sistema, pero hoy sólo significan un lastre, y
más para repartir la torta. La “subversión”, la rebeldía de los que no se
resignan, volvió de la mano del MRTA a ponerse en pie de lucha.
La Toma de la residencia, un cachetazo al sistema
Aunque seguramente deba
pasar algún tiempo para que otra acción de parte de quienes en el Perú no bajan
los brazos le vuelva a borrar la sonrisa a Fujimori, es importante no pasar por
alto los logros políticos de la acción emprendida por el MRTA. La toma de la
residencia del embajador japonés en Lima,
demostró que:
- La “estabilidad y
progreso” que hacia adentro y hacia afuera exhibía el gobierno de Fujimori, no
era más que una fachada.
- Que bajo esa farsa,
los sectores revolucionarios no claudicaron en sus intentos por retomar un
camino de liberación para su Patria.
- Tras la crisis,
aparece con más fuerza la “otra cara” del modelo: el hambre y la miseria.
- Para acallar la bronca
popular, se mantienen encarcelados alrededor de diez mil militantes políticos y
luchadores populares (más de 400 del MRTA).
- Que para denunciar y
revertir esta situación de injusticia así como las situaciones cotidianas que
genera la explotación, no quedó otro camino que la acción.
- La forma de manejar la
situación desde un comienzo por parte del comando del MRTA, incluso respecto a
los rehenes, permitió el reconocimiento de parte de quienes tuvieron contacto
con ellos, quebrando la imagen de “delincuantes terroristas” y generando
mejores condiciones para ampliar su base de legitimidad.
- A través de las
injerencias yanquis, quedó claro quién manda: del imperio provinieron las
primeras presiones para que no se cediera ni un milímetro a las peticiones
rebeldes, instando a la salida “militar”a la crisis. El grado de injerencia se
vio reflejado también en la participación en tareas de inteligencia de agentes
del Comando Sur del Ejército Norteamericano, y en el entrenamiento a los
militares peruanos por parte de las fuerzas militares especiales de Gran
Bretaña (SAS).
- A pesar de haberse
“agotado las ideologías” quedan compañeros que no bajan las banderas, que no
buscan una solución personal, que no van a dejar el frente de batalla, y que
están dispuestos a dar la vida por su pueblo.
Creemos que no es este
el momento para analizar si el Comando del MRTA no valoró el hecho político
logrado con la toma en sí misma, si debieron haber aceptado la salida del país
hacia Cuba, o si subestimaron la decisión del Poder de aniquilarlos y confiaron
en la negociación. Durante la crisis, los argumentos utilizados por los voceros
del sistema para desprestigiar la acción del MRTA, perdieron sentido; ya nadie
puede sostener que se trató de una acción aventurera, del último intento de una
organización en extinción, de la búsqueda de espacio en el juego político del
sistema por parte de quienes quieren salir de la ilegalidad, o de un simple
intento de soborno a los empresarios japoneses, como en su momento se dijo.